Salud

¿Porque siempre tenemos
lugar para el postre?

El deseo de comer algo dulce después de una cena o almuerzo abundante, no es solo una cuestión de costumbre, sino un fenómeno que podría surgir en el cerebro.
Así lo planteó un estudio del Instituto Max Planck para la Investigación del Metabolismo que identificó un mecanismo neuronal que impulsaría este comportamiento.
Investigadores plantearon, que ciertas neuronas en el cerebro activan el anhelo por la comida dulce, incluso cuando el cuerpo ya ha recibido suficientes nutrientes.


Los alimentos “con alto contenido de azúcar se consumen fácilmente, incluso después de las comidas y más allá de la sensación de saciedad”.
Los japoneses tienen una palabra perfecta para esto: betsubara, que significa «otro estómago» o «estómago aparte».
Analicemos un poco:
El estómago está diseñado para ensancharse y adaptarse.
Con los primeros bocados comienza un proceso llamado «acomodación gástrica»: los músculos se extienden creando una capacidad mayor a medida que se hace más presión.
El apetito no está gobernado únicamente por el hambre físico. También hay un «hambre hedónica», el deseo de comer algo solo porque se puede disfrutar.


El cerebro busca placer y libera dopamina ante la anticipación del azúcar, lo que debilita temporalmente la señal de saciedad física.
El tiempo también influye. La señalización intestino-cerebro que crea la sensación de saciedad no responde instantáneamente.
Hormonas como la colecistoquinina, el GLP-1 y el péptido YY, aumentan gradualmente y suelen tardar entre 20 y 40 minutos en producir una sensación sostenida de saciedad. Muchas personas toman decisiones sobre el postre, antes de que este cambio hormonal haya surtido efecto por completo, lo que da espacio al sistema de recompensa, para influir en el comportamiento.
Podemos notar dos cosas, por un lado la necesidad fisiológica de alimentarnos (hambre) y por otro la necesidad psicológica, de saborear nuevos sabores, dulces y suaves como recompensa final de la comida. Varias fuentes.